Valeria Correa Fiz

Valeria Correa Fiz

Valeria Correa Fiz es oriunda de Rosario, Argentina y reside actualmente en Madrid. Es autora de los libros de cuentos La condición animal y Hubo un jardín, finalistas del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez y del Premio Setenil (2017). Además, ha publicado los poemarios El álbum oscuro, El invierno a deshoras, Museo de pérdidas y Así el deseo. Su obra poética ha sido galardonada en España con el Premio Internacional de Poesía Manuel del Cabral, el Premio Internacional de Poesía Claudio Rodríguez y el Premio de Poesía Clara de Campoamor. Algunos de sus relatos cortos y poemas han sido incluidos en antologías y traducidos al inglés, alemán, italiano, hebreo y rumano. Desde hace más de diez años coordina el club de lectura del Instituto Cervantes de Milán, donde también imparte talleres de escritura creativa.

Entrevista

Entrevistadora: Victoria Torres

VT: Has escrito poesía y ha escrito cuento. ¿Por qué esa predilección por las formas breves? ¿qué es lo que te habilitan, que es lo que te posibilitan?

VCF: Yo creo que uno de alguna manera escribe lo que le gusta leer. Yo me formé mucho, algo que pasa bastante en Sudamérica, pero especialmente en Argentina,  más con los cuentistas y los poetas que con las novelas. No digo que no tengamos buenos novelistas, pero es verdad que de alguna manera quienes tienen renombre se han dedicado un poco, en nuestra tradición, a los dos primeros géneros. Y entonces lo que nosotros leemos en el colegio son cuentos y poemas.

Obviamente yo después ya desarrollé un gusto particular por estos géneros breves, porque  me parece que a diferencia de las novelas requieren una participación activa de los lectores y lectoras. Trazan su estructura un poco como en la metáfora de las tejedoras y las costureras:  hilvanes o puntos que de alguna manera quienes leen tienen que rellenar. Para mi las novelas son como albañiles. Tienen que estar trabajando, poniendo un ladrillo detrás de otro, cemento, como levantar una casa. De alguna manera, para quienes practicamos los géneros breves, es como si marcáramos unos puntos en el plano y quien nos lee rellena.

La poesía y el cuento (al menos la clase de cuento que yo leo y que creo que escribo) trabajan con el lenguaje de una manera específica. Hay un gusto por el lenguaje de orfebrería, por hacerle decir al lenguaje ciertas cosas que no están explícitamente en él.  Pueden ser las mismas palabras que nosotros usamos a diario, pero que no se usan con esa voluntad de transparencia comunicacional, sino como voluntad de torsión.

Yo vengo de dar un taller el viernes en Madrid y hay un poema donde yo digo: „desde que se murió mi abuelo lluevo cada día“. Y hay una forzando el verbo llover, que obviamente es impersonal en castellano, aplicándola al yo poético, ¿no? Entonces esas vueltas, esas torsiones en la novela son menos comunes.

Luego son géneros que se prestan mucho a la relectura y a mí mucho más que escribir y que leer, me gusta releer. Más que leer, me gusta haber releído. Y claro, releer novelas también. Sobre todo con los fines didácticos de los talleres, pero es un género más difícil.

En cambio con los poemas, con los cuentos, uno se queda allí. Y creo que también contradiciendo la tradición de los argentinos, que hablamos mucho, yo escribo poco. 

También esa condensación, esa economía, esa búsqueda de la palabra precisa, la palabra joya, no por el lujo de la palabra, sino por esta idea de torsión. Y porque me parece que de alguna manera una novela convoca un universo enorme.

Un cuento despuntea un universo. Lo que convoca fuertemente un cuento o un poema es una emoción. Hay una unidad de efecto que es muy fuerte y que una novela puede desplegar. Se parece mucho más a lo mejor a un fuego de artificio, una figura central más o menos dibujada y luces que se van perdiendo, en su emisión. Cortázar decía, haciendo el símil con el boxeo, que la novela gana por puntos, el cuento gana por knockout.

VVT: Vos misma te presentás como una autora hispano-argentina. Estos dos últimos poemas son poemas argentinos. Pero en la lengua no se aprecian esas marcas. Sí, en la oralidad, al ser leidos. ¿Cómo es esta convivencia? ¿o es una disputa, un pacto? ¿cómo llamarías a ese vivir entre el español argentino y el español de España?

VCF: Sí, el tema se presenta ahí. Porque, yo viví en muchos lugares, viví en Estados Unidos y en Italia y nunca tuve conflicto. Porque, de alguna manera, tenía como una vida doble. De la puerta de mi casa para afuera vivía en otro idioma y adentro vivía con mi especie de español argentino solidificado. Porque, de alguna manera, uno tiene esa lengua de cuando se fue. Y, en realidad, el problema se me plantea cuando llego a España. Entonces, me di cuenta de que la lengua se vuelve un conflicto cuando no hay una jerarquía, cuando existen esos espacios híbridos, se vuelve problemática. Pero para mí está buenísimo porque me parece que para los escritores la lengua es nuestra materia prima. Entonces ayuda pensarla desde un lugar de roce o de tensión, como un objeto, como un sujeto amoroso.

Todas las relaciones amorosas tienen roces, tensiones, fricciones, tienen momentos estupendos y otros no tanto. Yo por ahora lo tengo más o menos resuelto, sobre todo en la poesía, porque hay un yo lírico… En la poesía, a diferencia de la narrativa, no necesitas un personaje o si es un personaje no necesitas que tenga una nacionalidad especifica.

Los poemas que yo elegi leer son narrativos, yo también escribo otra clase de poesía. Y no necesitas llevar adelante una historia. Ya que prescindiendo de ese sujeto tan marcado por una nacionalidad, el lenguaje del poema a me permite una especie de ejercicio amplio. Y elegir ciertas palabras que a lo mejor leídas desde España, palabras argentinas, tienen cierta cadencia arcaizante y viceversa. Ciertas palabras españolas para América Latina son arcaizantes. Entonces, se produce ahí un lenguaje híbrido en el que yo me siento muy cómoda. Donde más problemas me causan es en la narrativa.

En la narrativa, para los diálogos tengo que tener muy en cuenta la nacionalidad de quien habla. Podría hacer como Bolaño, que sus personajes hablaban todos como él: un poco en mexicano, un poco en chileno, un poco en catalán y nunca nadie le cuestionó la verosimilitud. Pero creo que por ese lado siempre es un poco esquizofrénico.

Público: Tenés una teatralidad en tu forma de narrar, y te quería preguntar, ¿rozaste el género del teatro, del texto dramático?

VCF: Sí, me encanta. Yo empecé leyendo textos de teatro, porque me encontré con un montón de textos teatrales en distintas bibliotecas, y me gusta mucho esa cosa vivificante que tienen. 

De alguna manera, yo, como cualquier escritor, y escritora, corrijo muchísimo, pero en voz alta. Entonces llega un momento que, si bien no me sé de memoria mis textos porque tengo mala memoria, los he leído y corregido un millón de veces. Para mí la literatura en origen es oral, aunque ahora la reflejamos en medios escritos, pero el nacimiento de la literatura es la oralidad, y yo aspiro a vivificar lo que estoy escribiendo. Entonces, para mí suena de una manera, y cuando me piden que lea en voz alta, reproduzco esa manera que para mí suenan los textos. Cuido mucho la puntuación, porque para mí es como la respiración del texto. 

VT: Hay unas preguntas que siempre se hacen en este contexto de lecturas aquí en Siegen: ¿con qué personaje literario te gustaría comer y qué habría el en menú?

VCF: Justo acabo de dar un taller de la novela de Toni Morrison, Beloved, que me encanta, porque toda ella es un espacio liminal. Esta novela da cuenta de la historia de una familia de esclavos y su pasaje a la libertad, que es una cosa  que parece fácil, pero es bien difícil.

Un personaje es la abuela, Baby Sags, que cocina. Toda la novela está repleta de distintas recetas, unas recetas que pertenecen un poco a la tradición creol norteamericana. Todo con unos ingredientes a los que, por lo menos en el sur, no tenemos acceso. Así que yo resucitaría a Toni Morrison y comería con ella lo que su personaje cocina.

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